
Aviones cruzan el cielo de noche. Son dos y van cada uno en dirección opuesta. Un minuto antes te abrazaba, ahora observo algo que no he tenido oportunidad de ver antes; dos aviones viajando en el mismo plano de mi visión, uno frente al otro. Observarlos a esa distancia me hace pensar por un instante que una ligera falla haría que se estrellen, pero no. Simplemente es gente viajando en direcciones opuestas, cada uno muy lejos del otro en todo sentido, gente encerrada en una lata que se mueve muy rápido en el aire. Viajeros, un poco como nosotros.
Te abrazo otra vez. Despego.
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Cuando duermes son®íes. Yo no. Soy un ácido. Tú sonríes. Aquella energía me permite la posibilidad de un colorido despertar. No he conocido mucha gente que sonríe cuando duerme ni menos que lo primero que haga sea sonreír al despertar. Amanece. Buscas instintivamente el abrazo y encapsulas afectos. Ese poderoso intercambio hace que la sangre corra violentamente. Es una suerte que en nuestras venas y arterias no hayan reglas de tránsito; muchos hubieran muerto a esta velocidad, como nosotros, que en cada anochecer morimos y al amanecer resucitamos. Como viajeros dimensionales e indocumentados. Viajeros al fin.
Cierro los ojos y sonrío. Color.
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Miro al cielo. Espero que me aplaste en algún momento. Tú haces lo mismo. Estamos elevados. Sol y frío - dices - es una mezcla adecuada para este lánguido invierno limeño, como Amor +Pasión. Flotando nos reímos en ese ritual de seguir buscando estímulos. Te digo - la gente se puede clasificar (y entender) según las cosas que los estimulen. Pausa y dices - ahora comprendo por qué hay Paris Hilton y Stephen Hawking. Pausa y buscamos estímulo en el espacio. El cielo ahora nos pertenece. Pregunto - dónde estamos? Tus manos tocan mis párpados mientras me dices - aterriza en mi.
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Me resultaba imposible entender cómo desciende un ángel atravesando millones de kilómetros desde el cielo y tras ese viaje, cómo luce en tierra firme.
Hasta que caíste sobre mi.
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