martes 30 de junio de 2009

Viajes & Momentos


Aviones cruzan el cielo de noche. Son dos y van cada uno en dirección opuesta. Un minuto antes te abrazaba, ahora observo algo que no he tenido oportunidad de ver antes; dos aviones viajando en el mismo plano de mi visión, uno frente al otro. Observarlos a esa distancia me hace pensar por un instante que una ligera falla haría que se estrellen, pero no. Simplemente es gente viajando en direcciones opuestas, cada uno muy lejos del otro en todo sentido, gente encerrada en una lata que se mueve muy rápido en el aire. Viajeros, un poco como nosotros.
Te abrazo otra vez. Despego.

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Cuando duermes son®íes. Yo no. Soy un ácido. Tú sonríes. Aquella energía me permite la posibilidad de un colorido despertar. No he conocido mucha gente que sonríe cuando duerme ni menos que lo primero que haga sea sonreír al despertar. Amanece. Buscas instintivamente el abrazo y encapsulas afectos. Ese poderoso intercambio hace que la sangre corra violentamente. Es una suerte que en nuestras venas y arterias no hayan reglas de tránsito; muchos hubieran muerto a esta velocidad, como nosotros, que en cada anochecer morimos y al amanecer resucitamos. Como viajeros dimensionales e indocumentados. Viajeros al fin.
Cierro los ojos y sonrío. Color.


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Miro al cielo. Espero que me aplaste en algún momento. Tú haces lo mismo. Estamos elevados. Sol y frío - dices - es una mezcla adecuada para este lánguido invierno limeño, como Amor +Pasión. Flotando nos reímos en ese ritual de seguir buscando estímulos. Te digo - la gente se puede clasificar (y entender) según las cosas que los estimulen. Pausa y dices - ahora comprendo por qué hay Paris Hilton y Stephen Hawking. Pausa y buscamos estímulo en el espacio. El cielo ahora nos pertenece. Pregunto - dónde estamos? Tus manos tocan mis párpados mientras me dices - aterriza en mi.

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Me resultaba imposible entender cómo desciende un ángel atravesando millones de kilómetros desde el cielo y tras ese viaje, cómo luce en tierra firme.
Hasta que caíste sobre mi.

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domingo 14 de junio de 2009

la paz sea conmigo


La primera vez que la vi fue en la iglesia.
No recuerdo antes haber sentido que algo divino estuviera en la tierra tan cerca a mi y me hubiera tocado.
Escuchar la misa todos los domingos era algo que al comienzo mi madre me obligaba a hacer. Puedo confesar sin miedo que realmente detestaba no poder estar en la playa, jugando cartas o simplemente no haciendo nada en vez de tener que ir a la iglesia a escuchar la Santa Misa. Me resultaba aburrido, agotador, sin sentido. Lo digo sin ofender, siendo honesto, pero siempre terminaba por ir cada domingo simulando ser un creyente más cuando en verdad no creía en nada ni en nadie.
La iglesa en aquel tiempo era como una cárcel para mi. Dentro de ella, toda la hora que duraba la misa me sentía como un prisionero. Trataba de hacer que mi mente se distrajera en las cosas más tontas. Comencé memorizando todo; las palabras del padre, las apasionadas y delirantes canciones religiosas, luego los rostros, la ubicación de algunas personas. Llegué a detectar quienes daban limosna y quienes no, quienes realmente eran creyentes y quienes no. Descubrí sutiles códigos entre las personas en sus manos, sus miradas y las posición de sus cuerpos. Aún así me la pasaba aburrido. Lo peor llegaba cuando el padre invitaba a todos a darnos fraternalmente la paz. Esa espantosa sensación de tener que tocar a un desconocido y decirle sin sentirlo - la paz sea contigo- me producía una repulsión espantosa. Hombres, niños, señoras; siempre tenía a alguien cerca que volteaba repentinamente sonriendo y me tenía que dar la paz. Atroz. No sabía qué cara poner, no sabía qué decir. Lo peor era cuando un anciano lo hacía. Esas manos arrugadas, temblorosas, llenas de manchas posándose sobre mi hombro, tocando mi brazo, a veces mi mano. Era demasiado para mi. En aquellos tiempos me resultaba imposible evadir esa responsabilidad y no me era nada cómoda esa carga, esa presión familiar, esos sentimiendos estrellándose en mi corazón. Llegué a sentir que todo en la iglesia me observaba, desde las personas hasta las imágenes. Entonces cuando ese pánico me colmaba llegaba lo peor - hermanos, démonos fraternalmente la paz-
Una vez, preso de esa crisis de domingo, fui finalmente bendecido. Si, no exagero. Fui realmente tocado por un ángel. Aquella vez no fue una mano robusta, ni unos dedos sucios, ni mucho menos aquellos huesudos y temblorosos dedos de epidermis manchada por los años los que me tocaron. Una delicada mano se posó sobre mi, una mano fina, firme, impecable y lozana. Al levantar la mirada un par de ojos marrones me devolvían literalmente la paz perdida tanto tiempo. Fue como un exorcismo, un momento divino, un verdadero milagro. Desde aquella vez mi peregrinaje a la iglesia fue obligado por mi, sólo para verla, para sentirme tocado otra vez por tanta pureza. En casa todos celebraban mi repentina devoción. Me levantaba muy temprano. Llegaba ansioso y transpirado a la iglesia a ubicarla entre tanto cristiano pecador. Una vez localizada, el siguiente paso era acercarme lo más posible, estar tan cerca de ella que llegado el momento de darnos la paz su brazo me pueda tocar y así recibir el mensaje de sus labios, de sus ojos. No me diga nada todavía. Esa niña estaba haciendo que crea en el Señor, en esa fuerza que me invadía y sacudía mi cuerpo. Su sólo contacto me encendía. Por la noches, soñaba con esos ojos, esa expresión y esa mano tocándome. Despertaba excitado y humedecido, sufriendo al contar los días - todavía falta para verla el domingo - me repetía como azotándome con mis palabras - todavía falta. Entonces, enfebrecido rezaba apasionado y al dormir volvía a soñar con esa niña, hasta que nuevamente el domingo llegaba, iba a buscarla, me ubicaba cerca a ella y recibía la paz. Pero ultimamente he descubierto que después que ella me bendice con la tibieza en su contacto coronado por las palabras en la más dulce de las voces no puedo evitar llegar a casa y pensando en ese instante tocarme, imaginando que es ella quien me toca.
Me asalta un vértigo por el que me dejo llevar. Me precipito y luego, luego viene la paz, la verdadera y sublime paz. Hoy, ya no puedo evitar hacerlo varias veces, muchas más los domingos después de la misa. Me siento muy extraño.
Padre, usted cree que eso esté mal, cree que voy a ir al infierno?


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domingo 31 de mayo de 2009

my way



Toda esta maldita cosa de sobrellevar (y sobrevivir) al desencanto no hacían más que darle a la vida de Nati un aura de ensoñación perversa donde, entre humo y poca luz, navegaban la mayoría de noches sus extremas vivencias-socorristas que la rescataban a tiempo de su más reciente (y definitiva?) ruptura amorosa. Las aguas solían ser océanos de vodka con tónica. Aguas movidas con tormentas. Todos lo sabíamos, el plan era simple; cómo hacer para cruzarnos en su camino. Afortunados malditos los que pretendíamos ponerla a tono para recibir algún gozo que representara para ella una forma de venganza. Testimonios reales afirmaban lo placentero que podía ser enredarse con una chica con el temperamento de Natalia, despechada y ofendida, amarga como un bolero cantinero, queriendo cobrarse en cada cogida esa deslealtad que caracteriza, en sus palabras, a todos los hombres del planeta, entre ellos al ex en cuestión.
Nati, No-amor, y brinda. Y quién sabe, muy dentro de ella, sus hormonas aplauden toda esa hambrienta necesidad de aventuras de una noche. Revancha en hilo dental. Y brinda, Nati.
Cuidadosamente hice un trazo cuyo recorrido me ponía en su camino. Esa noche pensé, ahora me toca. Finalmente, soy hombre.

A veces me resulta más claro tener una idea del tiempo registrando cosas como besos, copas, relaciones o charlas. Hechos puntuales me sitúan en un momento en particular.
No importa cómo ella aceptó mi compañía. Alguna vez nos vimos en la barra, o nos tocamos bailando. Nati siempre tenía aquellos viajes con muchos invitados, pero sólo uno se quedaba con ella. Recuerdo su vestido corto, su baile a ojos cerrados, su jugueteo con los hielos, su habilidad para que todos la conozcan y para conocer así a todos. Queda claro que una chica así nunca puede ser tuya, pero comprendí por nuestra charla siguiente en la sala de mi departamento que no era cuento, ella en verdad una vez fue de alguien, enterita y plena. Cruza las piernas. Fuma. Al decirlo, noté como sus ojos la hicieron viajar por la periferia de su corazón quebrado. Le estaba crujiendo el alma. Luego, pidió otra copa y escupió sobre los hombres durante una hora sin parar. Era una chica-cosmo rabiosa y vulnerable, una escolar malandra convecida que somos ratas que jamás se podrían domesticar. Hijos del dolor de las mujeres, formados para no saber amar, menos aún cuando somos amados. Homicidas emocionales sin respeto ni moral. Encantadores, letales, brutos, majestuosos aparatejos de los que toda mujer se debe cuidar si conduce sobre uno, para poder cambiarlo a tiempo por el modelo del año antes que todo falle y se estrelle para finalmente morir por él. Mmmmmffff...hombres- decía saboreando su rabia- el más vil animal .
Cuando hizo silencio, volvió la mirada hacia mi con ojos húmedos, una mirada regada con dolorosas aguas del desengaño. Sólo me quedaba lamentarme de mi mala suerte por esta catarsis fuera de libreto. Miré mi vaso y Nati siguió en silencio mordiéndose los labios, alterada.
Luego me preguntó si me la podía mamar.

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jueves 21 de mayo de 2009

viejo mancebo



Al fin, tras minutos de contemplar cada detalle de su cara, Fer se animó a darle vuelta a aquel espejo circular de dos lados. Ahora, el sincero e implacable espejo le devolvía una imagen mega ampliada y llena de violentas imperfecciones propias de la edad. Fer nunca se vió tan arrugado, poroso y lleno de irregular pelo germinando en distintos lugares de su cara. Lo peor para un tipo maduro como él no era descubrir aquellas grietas y desagradables detalles de su rostro ampliado, sino atreverse a dar unos pasos hacia atrás para contemplarse entero, en toda su desnudez.

Fer nunca quiso creer en eso de la crisis de la madurez, sin embargo en ese instante algo explotaba dentro de él.
Había dejado hace tiempo el saludable y placentero vicio de la masturbación, el mañanero repentino, cuando los hijos y el cansancio se llevaron la pasión matutina con la que arremetía a su compañera, subrayando en cada embiste toda su masculinidad entregada al amor/pasión, desterrada luego por el llamado amor-heróico, patéticamente condimentado con estress, flojera, problemas laborales, económicos, familiares y en consecuencia sexuales, los mismos que entendía en un comienzo podrían convertirse en preocupación, luego en tragedia, después en asunto pendiente y finalmente en indiferencia total. Fer sabía que tras tantos años las prioridades en un núcleo familiar suelen ser batallas muy distintas en el día a día y que ahora él estaba muy lejos de sus años como cazador nómade de piel firme, conversación avispada, mirada efervescente y sobre todo seguridad en sí mismo.
Retrocedió pálido al pensar en eso.
Sobre la papada de barba tupida salpicada de platino se expandía un pecho del que colgaban dos tetillas también cubiertas de pelo, parecidas a un par de desabridas ubres apuntando cada una hacia extremos diametralmente opuestos. Más abajo, una panza prominente. Más pelo. Ausencia de cintura y al centro, reposando en la sombra un sexo flácido como un guerrero que pasó del reposo tras la victoria a un símbolo de la jubilación y ausencia de vida. Finalmente tras ese epicentro ovalado que era su vientre, dos arqueadas piernas flacas soportaban todo su ser. Para rematar el cuadro, pies callosos de uñas gruesas y largas, como de dragón envejecido.
Suspiró y resignado decidió abrir la puerta para salir del baño.
Lo sorprendió una intensa luz, a diferencia de la oscuridad que esperaba tener y que sabía por acuerdo se respetaría en un momento tan especial como el que le tocaba compartir una noche más. El pánico se apoderó de él. Se sintió penosamente desnudo, vulnerable, indefenso.
Pero eso duró muy poco, una vez que reconoció la voz familiar de siempre que le decía - sigues siendo el hombre maravilloso y sensual del cuál me enamoré hace tantos años.

Al día siguiente en la oficina, Fer sonreía feliz. Recordó además algo que oyó decir a Julian Kay, personaje caracterizado por Richard Gere en la película American Gigoló de 1980 - pase lo que pase, hagas lo que hagas, ten siempre tensa la quijada. Y siguió sonriendo.

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domingo 10 de mayo de 2009

UN COMERCIAL... Y REGRESO


Zapatos vagabundos.
Aire, amor y vida.
Tiempo suspendido.
Pausa que refresca.
Corte comercial.

Algunos lo llaman
vacaciones.
Mi momento llegó.


Nos vemos a mi vuelta.

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Pd: mientras, te puedes entretener leyendo hacia atrás.
Revisa los cajones con toda confianza. Si te gusta, vuelve por más.
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miércoles 6 de mayo de 2009

un parpadeo


Cae el fin de la tarde y el parque se despide de sus sombras. Se alejan los niños de manos diminutas que persiguen a otros niños de manos diminutas. Gritan, vuelan, se apartan de este mundo. Se ven tan Johnson que no saben en qué planeta van a vivir.
Pienso fragmentadamente en desordendos chapters. La publicidad y sus marcas (no, no es al revés) me rodea, me seduce. Hay tránsito vivo que depende del aire viciado. Los estudiantes se ven muy wiki. Repaso: Lima cosmopolita con sus visitantes famosos, su economía sonriente, su sobredosis de consumo, sus blogstar's. Las chicas lucen ahora mejores zapatos, lo cual es bueno. Sus sentimientos se vuelven más complejos, lo cual puede no ser tan bueno. Todos queriendo ser artistas (me incluyo avergonzado), todos viviendo en síntesis, comunicándonos en 140 caracteres. LOL.
Sale Mozzer y entra por mis oídos Leonard Cohen . Estoy conectado por un par de auriculares blancos en cuyas venas viaja información que hará correr mi sangre más rápido los siguientes minutos de mi vida. Me pregunto si mi cuerpo en este momento está siendo atravesado por ondas y contenidos que dicen que Susan Boyle ya es una diosa. Información versus tiempo en la carrera por quién va primero, (el mismo juego de niños del simple postulado gánale-al-otro). Por un momento imagino una generación de chicos que nacen sin huella dactilar en el índice por todos los clicks necesarios en el mouse para que sus padres pudieran articular eternas charlas on-line, igual que los padres de sus padres, que forjaron una generación de chicos con la misma identidad. Me da frío. Buena señal, estoy vivo. Vibra el cel que nunca quise. Me permite saber quién es. Me da el poder de elegir, pero finalmente es una farsa; no tengo poder alguno. Nadie lo tiene, pero parece. Oscurece y se siente bien. La gente apura el paso porque llevan en su adn un código que les dice que oscuro es malo. Quizás vayan a casa a ver tele y alimentarse de sus ondas sin parpadear. Si miras lo que ocurre en tu casa a través de un marco de cartón o madera sabrás a qué me refiero ( y de pasada tendrás tu propio reality sin cortes comerciales, sino con la publicidad dentro).
Creo que la tv hace engordar. Creo que internet hace engordar. En un país como este quizás ser gordo sea bueno, pero yo solo he conocido gente interesante que no pasa los 78 kilos. El consuelo es que es tendencia de masas, para los que somos la masa. Escuché por ahí decir que por las redes sociales hemos vuelto al viejo concepto de manada, a vivir en grupos virtuales con rasgos comunes. Nada más falso, amamos más que nunca estar solos, cosa que reafirmamos cada vez que que nos conectamos a una compu y comemos menos tierra. Y ahora me toca dejar esta banca e irme a casa para hacer exactamente lo mismo.
A veces extraño los apagones. Solíamos estar unidos y conversábamos más.

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martes 28 de abril de 2009

libros, historias y amor


R. la vió y no la podía mirar.
Palpitaciones le tiraban del tapete y esa habitual torpeza se manifestaba en él en su forma más simiesca. Qué ganas de quedarse en aquella tienda de libros a mirarla de reojo mientras las primeras líneas de libros elegidos al azar se esforzaban por llevarlo a otros destinos. "Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja", "El traje de los presidiarios es de rayas, rosa y blanco. Si, conminado por un impulso del corazón, elegí yo el universo en que me complazco, al menos puedo descubrir en él los numerosos sentidos que deseo: existe pues, una relación estrecha entre las flores y los presidiarios", "Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una grave enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuando que tenía algo que ver con la casi insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto". Pero R. tenía en su habitual retorno a la misma tienda de libros su propio eterno comienzo : "la última tarde que Rodrigo la observó de manera silenciosa y contemplativa, pasó mucho más tiempo disfrutando la manera en la vida había puesto en Clara sublimes razones para seguir viviendo. Unos pocos minutos le fueron suficientes para agradecer haber estado ahí justo a tiempo. Cuando llegó a casa, algo le tiraba del labio. Tenía un anzuelo en la boca".

Clara cerró el libro se acercó a la caja de la tienda.

- me llevo éste.
- ...curioso título...
- si, el personaje femenino se llama como yo. Me hizo pensar que quizás alguien en alguna dimensión podría estar escribiendo sobre mi. Tonteras...sólo espero que me tenga reservado un final feliz.
- ni lo dudes. Aquí tienes...hasta pronto Clara.
- Chau Rodrigo, gracias...

Mientras Clara se alejaba con su última compra, Rodrigo suspiraba al verla marcharse disfrutando cada detalle en ella, sin prestar atención a la chillona colegiala que ponía sobre el mostrador un ejemplar más de "Busco Novia".


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miércoles 22 de abril de 2009

escena en un autoservicio



Max se ve atrapado entre el caos vehicular dentro de un autoservicio.
Todos tratan de avanzar con sus carritos del mismo diseño pero claramente diferenciados por sus contenidos. Alguien menciona las ofertas en el altoparlante.Todos sonríen mientras compran, se saludan, conversan, hasta que llegan a las cajas. En la caja nadie sonríe. Nunca.
Max no lleva una lista de compras, ni un niño sentado en el coche, ni una compañera que la ayude a elegir los productos. Observa una manzana solitaria en medio de una montaña de papas.
Se siente como esa manzana.

A diferencia de las calles, en un autoservicio cuando alguien choca con otro se disculpa, no lo insulta ni lo agarra a golpes. Algunos/as hasta sonríen, cruzan miradas, palabras amables, incluso coquetean.
Nadie muere atropellado en el autoservicio, a menos que sea una fruta que se cayó de su torre. Aún así es poco probable que muera aplastada por las ruedas de un carrito; suele haber alguien que a tiempo la coloca en su lugar. Sólo cuando esto no ocurre, la pobre fruta puede terminar aplastada por una sadalia, unas zapatillas, una bota o un taco 7.

Max observa a la gente en aquel tráfico de coches cargados de alimentos y bebidas. Emiten señales de superioridad, de pertenencia, de exigencia, de necesidad o de derroche. Nadie dirige ese tránsito. No hay reglamentos ni señalética, a menos que quieras saber donde está la leche por ejemplo. Es la cuarta semana de Max tratando de olvidar el hemisferio solitario de su cama haciendo girar las ruedas de un carrito de compras entre cientos de marcas. Cruza miradas buscando una cara amable, un flechazo furtivo que sea el comienzo de una aventura con código de barras. Choca su carrito con el de una mujer sin anillo concentrada en las infusiones. No logra atraer su mirada. Se disculpa. Avanza contra el tráfico. Toma una conserva y hace una pregunta tonta a la chica ejecutiva que revisa su lista. No obtiene respuesta. Va a la sección de shampoos. Hay una nación de mujeres leyendo los frascos. Max nota que las fórmulas por tipo de cabello son más atractivas que él. Vencido una vez más y sin nada en su carrito, se fija en aquella manzana sobre la ruma de papas que observó toda la escena. Aquella manzana silenciosa y solitaria que lo hizo darse cuenta hasta donde nos lleva la soledad y el precio que nos hace pagar por nuestros errores.
Va con el coche vacío hasta aquella manzana y la lleva consigo. Luego, se dirige a la caja con la fila más larga de coches llenos y tampoco sonríe mientras espera su turno para pagar la fruta en cuestión.
Casi 20 minutos después, una trigueña de ojos pequeños y prendedor con el nombre de Andrea presiona el botón que hace avanzar los productos en la faja transportadora de la caja y recibe una solitaria manzana. Luego de haber escuchado el escáner sonar infinidad de veces como cada noche de lunes, cansada levanta la mirada y no puede evitar sonreír ante la escena y la paciente espera de un cliente tan solitario como su manzana. Max la mira y también sonríe. Por un instante esa caja con ambos mirándose parece la toma principal de un comercial de televisión para una cadena de autoservicios.
Una vez fuera, Max camina hasta su departamento sintiendo en cada bocado que esa es la manzana más deliciosa que no probaba en mucho tiempo.
Sin duda, al día siguiente irá por otra igual. Y la pagará en la misma caja.

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martes 14 de abril de 2009

privado


Mi mirada se ve distinta. Siento los ojos furiosos y por instantes no me reconozco en el espejo. Dentro, todo parece sonar en mono. Entran dos tipos aceitosos con pinta de contadores dejando pasar con ellos los compases de una balada-metal ochentera. Ebrios comentan sobre el culo de una bailaria. Otra se contonea sobre una sucia barra bajo una raquítica luz. Los tipos jalan y cuentan sus billetes planeando disfrutar entre ambos algo parecido a una mujer, que según dicen, lo hará con los dos si comparten su coca. Me mojo la cara tratando de quitarme las náuseas y registrando con dificultad lo que pasa dentro del baño. Huele fuerte a orines. Alguien vomita. Un tipo cayéndose entra con una mujer mayor de maquillaje corrido. Mientras ella le frota la bragueta con una mano, con la otra lo bolsiquea a su antojo. Me guiña un ojo. Yo no vi nada. La voz en los parlantes anuncia que en breve una tal Sheila subirá al escenario.
Son las 3:43 de la madrugada y estoy borracho en el peor night club de Lima.

Por un momento ya no siento lo malo que es el whisky. Todo ese ambiente puteril infectado de necesidad y pobreza rebrota mágicamente en siniestra alegría cuando al pasar los minutos las tristes putas intentan sacar lo que sea. Bailan, ríen, te agarran las pelotas, el culo y te ofrecen las más decadentes y sublimes faenas.
Estoy recostado sobre la barra y Mila, mi acompañante improvisada, desiste de venderme su cuerpo para advertir que estoy muy mareado. La veo como si yo fuera un mosca; multiplicada y en tornasol. Tiene las rodillas ásperas. Alguien le grita algo desde un lado refiriéndose a mi pero ella las calla. Creo que nota que algo o alguien me llevó hasta ahí. Finalmente me desea suerte y se va, no sin antes advertir a las demás que de mi no sacaran nada. Los tipos golpean las mesas. Saco de mis bolsillos billetes arrugados hechos bolitas. Suelo tenerlos así cuando me pierdo en la noche. Pido más whisky malo y siento un zapato de tacón que desde arriba de la barra se apoya en mi hombro. Uñas rojas descarcaradas y una mano que levanta mi barbilla. Total eclipse of the heart. Me aplauden no sé por qué. Otra vez la visión de mosca.
Hay una cortina que separa el ambiente de una escalera. Pregunto al mozo a dónde me llevan. Al privado señor, 40 soles por canción y la hembrita le baila encima, ya uté le pregunta si puede tocar pe. Quiero mi privado. Saco cuatro bolitas de papel moneda y busco lo que mis ojos de mosca me permitan identificar entre el humo y la poca luz como algo parecido a un ángel de concreto. Veo una chica de pechos sentada sobre un mueble rojo grasiento. Saco un ticket y me acerco a ella reclamando mi canción a cambio de aquel rectángulo de papel sucio numerado. Ella se para de mala gana. Es diminuta y menuda. Tira de su blusa corta cubriendo una particular panza que parece tener estrías. Vamos, dice seca en mi oído. Creo que Madonna canta material girl. Abre la cortina y me encuentro siguiendo sus caderas en una escalera demasiado empinada. Encuentro arriba una fila de privados. Papel higiénico usado por el suelo, risas, olor a pescado.
Siéntate, ya sabes que es lo que dure la canción. Suena una vieja balada de Steve Perry y ella se mueve como en piloto automático. Cómo te llamas? pregunto. Olenka me dice. Su piel parece amarillenta, pero conserva cierta gracia. Quizás no, pero no me importa, ya tengo mi privado. No me mira. No sé qué hacer, así que simplemente la contemplo. Me fijo en sus pechos como una atractiva razón para estar ahí. Pregunto nerviosamente si puedo tocar. Despacito me dice, por favor, despacito. Llevo mis manos hacia aquellos redondos pechos y presiono. Escucho en la oscuridad una especie de lamento en su voz y algo húmedo me cae sobre los ojos. Olenka, qué pasó, qué es esto? le digo extrañado pero sin enojo.
- Leche materna- me dice fríamente - y ya se terminó tu canción...


Cuando salí de ahí había sol, no estaba tan borracho y tenía muchas historias registradas, pero sólo puedo compartir esta.
Las otras, son privadas.


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martes 7 de abril de 2009

de amigos y amantes




T. me convence de lanzar un joint y ponerle fin a mi exclusivo momento de botellas y copas . Tiene un lindo departamento en Chorrillos y el mar de Grau se ve más pacífico que nunca enmarcado en su ventana de bordes naranjas pintados a mano. T. saca una mala copia de A Bout De Souffle de Godard mientras J. su novio, mi mejor amigo, prepara algo en la cocina. Tres noches antes ella y yo bebíamos en silencio cerca al Puente de los Suspiros, suspirando por las rupturas con nuestros respectivos, ya que además de perderlos, nos separaba como grupo.
Bebimos lo suficiente como para tener que conocernos otra vez. Aquella vez la conocí mejor que nunca.

T. bebe y sonríe conmigo distinto que cuando está con J. Esa noche no quise sentir las señales que me envió bajo y sobre la mesa, hasta que abrazados y tambaleantes rumbo al lindo depa chorrillano me preguntó en su puerta si no quería quedarme a dormir. Su roommate, una morena actriz de teatro que además eventualmente hacía de clown, no estaba en casa y J. existía fuera de su corazón tras un diluvio de lágrimas y otro huayco de palabras gruesas - eso si, para ti no tengo ni cama ni pijama - fue la frase que me empujó a su colchón subrayando que J. era llanto del pasado.
De los suspiros pasamos a los alaridos y el mar de Grau no fue tan pacífico esa madrugada.

Cuando desperté, la actriz y eventual clown me estaba mirando. Me echó del lindo departamento chorrillano acusándome de traición a J., hipocresía con mi ex pareja y abusador de T. en su indefenso estado. Le dije que como actriz era mejor payaso, me puse el calzoncillo al revés y me fui sin mañanero ni desayuno .
A medida que pasaron las horas y me encontraba con los trozos perdidos de la madrugada me quedaron tres ideas en la cabeza : 1.T. era una extraordinaria amante que olvidaba con facilidad, 2. nunca amé a mi ex y 3. yo era el peor amigo del mundo.

Tres días más tarde J. se reconciliaba con T. y me llamaba emocionado para agradecerme los consejos que le di a ella cuando salimos, que le hice darse cuenta de cuánto lo amaba, qué salir conmigo fue lo mejor que pudo hacer para reflexionar, así qué gracias amigo, porque sólo un amigo como tú, un amigo de verdad consigue hacer lo que yo hice, así que me esperan en el lindo depa chorrillano frente al mar de Grau a almorzar, que yo, mi amigo, cocinaré para ti.


T. me pone un joint en la boca y lo enciende. Le doy una larga calada y no siento nada.
Toso demasiado y mis pulmones se expanden. J. y T. fuman, ríen, se besan. Yo no siento nada. Ponen la película de Godard cubriendo la ventana con una gran mandala India, dejando que pequeños halos de luz corten la escena mientras siento como si dos manos tiraran de mis ojos achinándome. Me repito no siento nada. Aparece un primer plano de Belmondo y no puedo parar de reír. En un respiro pienso que sobre esa cama en la que estamos echados hoy los tres T. y yo tiramos borrachos hace muy poco, cacherío que marcaría su retorno a los brazos de J., y mientras Belmondo sale más con esa cara de galán tonto intento decirles que esa es la cara más graciosa que he visto en mi vida, hasta que al voltear los descubro pegados por la jeta como dos pescados.
Los dejé solos y me fui stone a mirar el mar, escuchando en mi cabeza la risa burlona de la actriz-clown que me pegaba la nariz roja de un solo golpe.
Saqué mi libreta y anoté "a veces ser honesto es una excentricidad".
Luego me fui a comer como nunca en mi vida.

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