
Tres niñas tratan de entender lo que están viendo.
Les resulta curioso, extraño. Se ríen entre ellas con malicia y complicidad. No les es aberrante ni repulsivo; es simplemente nuevo, simplemente divertido.
Se concentran en los detalles, las formas, expresiones y movimientos. Aquellas imágenes del mundo de los grandes las hacen sentir poderosas, de pronto conocedoras de un secreto que vuelve a los adultos indefensos y vulnerables, no merecedores de respeto, perdedores de su autoridad, de veracidad, de control. Se descubre la verdad de sus silencios y excusas, de sus tontas razones, de su lenguaje incomprensible y represor.
La pureza se esfuma y una nueva verdad corre dentro de sus mentes. La vida se estrella contra sus corazones violentando crudamente conceptos hasta hoy intocables como amor, respeto, caricia y protección. Los besos y abrazos se deforman ante unos ojos que no parpadean, testigos del renacer de una razón apresurada y oscura que se presenta con su sonrisa más insolente.
Se pierde el sentido del cuerpo preciado y puro para dejar nacer el cuerpo-objeto.
No reconocen sus partes tal como las conocían hasta ese momento. Se vuelven mortales como cualquier adulto. Se miran entre ellas con recelo y temor, silenciosas y vacías. Se va la risa y se establece el rencor. Se va la niñez, ultrajada, herida e irrecuperable.
Cuando apagan el televisor, en silencio y sonriendo otra vez le dan la bienvenida a la curiosidad. Renacen y entonces sienten su sexo como la lengua de un ángel.
Horas más tarde, cuando todos duermen, papá y mamá desnudos se preguntan horrizados qué hace un dvd de Hannah Montana dentro de la caja de su porno favorita.
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