
Mi mirada se ve distinta. Siento los ojos furiosos y por instantes no me reconozco en el espejo. Dentro, todo parece sonar en mono. Entran dos tipos aceitosos con pinta de contadores dejando pasar con ellos los compases de una balada-metal ochentera. Ebrios comentan sobre el culo de una bailaria. Otra se contonea sobre una sucia barra bajo una raquítica luz. Los tipos jalan y cuentan sus billetes planeando disfrutar entre ambos algo parecido a una mujer, que según dicen, lo hará con los dos si comparten su coca. Me mojo la cara tratando de quitarme las náuseas y registrando con dificultad lo que pasa dentro del baño. Huele fuerte a orines. Alguien vomita. Un tipo cayéndose entra con una mujer mayor de maquillaje corrido. Mientras ella le frota la bragueta con una mano, con la otra lo bolsiquea a su antojo. Me guiña un ojo. Yo no vi nada. La voz en los parlantes anuncia que en breve una tal Sheila subirá al escenario.
Son las 3:43 de la madrugada y estoy borracho en el peor night club de Lima.
Por un momento ya no siento lo malo que es el whisky. Todo ese ambiente puteril infectado de necesidad y pobreza rebrota mágicamente en siniestra alegría cuando al pasar los minutos las tristes putas intentan sacar lo que sea. Bailan, ríen, te agarran las pelotas, el culo y te ofrecen las más decadentes y sublimes faenas.
Estoy recostado sobre la barra y Mila, mi acompañante improvisada, desiste de venderme su cuerpo para advertir que estoy muy mareado. La veo como si yo fuera un mosca; multiplicada y en tornasol. Tiene las rodillas ásperas. Alguien le grita algo desde un lado refiriéndose a mi pero ella las calla. Creo que nota que algo o alguien me llevó hasta ahí. Finalmente me desea suerte y se va, no sin antes advertir a las demás que de mi no sacaran nada. Los tipos golpean las mesas. Saco de mis bolsillos billetes arrugados hechos bolitas. Suelo tenerlos así cuando me pierdo en la noche. Pido más whisky malo y siento un zapato de tacón que desde arriba de la barra se apoya en mi hombro. Uñas rojas descarcaradas y una mano que levanta mi barbilla. Total eclipse of the heart. Me aplauden no sé por qué. Otra vez la visión de mosca.
Hay una cortina que separa el ambiente de una escalera. Pregunto al mozo a dónde me llevan. Al privado señor, 40 soles por canción y la hembrita le baila encima, ya uté le pregunta si puede tocar pe. Quiero mi privado. Saco cuatro bolitas de papel moneda y busco lo que mis ojos de mosca me permitan identificar entre el humo y la poca luz como algo parecido a un ángel de concreto. Veo una chica de pechos sentada sobre un mueble rojo grasiento. Saco un ticket y me acerco a ella reclamando mi canción a cambio de aquel rectángulo de papel sucio numerado. Ella se para de mala gana. Es diminuta y menuda. Tira de su blusa corta cubriendo una particular panza que parece tener estrías. Vamos, dice seca en mi oído. Creo que Madonna canta material girl. Abre la cortina y me encuentro siguiendo sus caderas en una escalera demasiado empinada. Encuentro arriba una fila de privados. Papel higiénico usado por el suelo, risas, olor a pescado.
Siéntate, ya sabes que es lo que dure la canción. Suena una vieja balada de Steve Perry y ella se mueve como en piloto automático. Cómo te llamas? pregunto. Olenka me dice. Su piel parece amarillenta, pero conserva cierta gracia. Quizás no, pero no me importa, ya tengo mi privado. No me mira. No sé qué hacer, así que simplemente la contemplo. Me fijo en sus pechos como una atractiva razón para estar ahí. Pregunto nerviosamente si puedo tocar. Despacito me dice, por favor, despacito. Llevo mis manos hacia aquellos redondos pechos y presiono. Escucho en la oscuridad una especie de lamento en su voz y algo húmedo me cae sobre los ojos. Olenka, qué pasó, qué es esto? le digo extrañado pero sin enojo.
- Leche materna- me dice fríamente - y ya se terminó tu canción...
Cuando salí de ahí había sol, no estaba tan borracho y tenía muchas historias registradas, pero sólo puedo compartir esta.
Las otras, son privadas.
...







